Adriana Mejía Londoño
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Como las campañas por el SI y por el NO tienen apellido, los responsables de las mismas apelan a la animadversión que existe entre ambos y a la receta mágica de los culebrones
/ Etcétera. Adriana Mejía

Todavía no sé a ciencia cierta qué me quiso decir un amigo cuando me dijo: “A usted, mijita, la van a velar parada”. Por el tonito que utilizó y las sonrisas que provocó en algunos de los contertulios, supongo que me dedicó un “tontarrona”, de manera hiperbólica. Y por el tema del que estábamos hablando, estoy casi segura de ello.

Tontarrona, porque en una conversación que sosteníamos sobre el Proceso de Paz, en la que la generalidad de los presentes descalificaba todo lo relacionado con las negociaciones de La Habana, me salí del redil y manifesté lo que pensaba (lo que pienso): no me gusta Santos -nunca he votado por él, desconfío de su palabra-, pero quiero creer en sus buenas intenciones respecto de este tema; desde siempre, y a pesar de los pesares, he sido una convencida de que la paz negociada es el único camino; y hasta que no considere que tengo suficiente ilustración sobre lo acordado (en estudiar con detenimiento los textos estoy empeñada), no izaré ninguna bandera.

Así que, amigo mío, proceda. Si fueron esos los motivos, estoy lista a que me vele parada. (Además un “tontarrona”, después de los “gafufa” que he tenido que escuchar desde los cuatro años…, hasta bonito me suena).

Comparto esta anécdota personal porque refleja –en pequeña escala, por fortuna- lo difícil, qué digo, lo imposible que se ha vuelto intercambiar opiniones en relación con un tema que concierne a todos los colombianos. Incluso a los que creen que el cuento no es con ellos.

Los argumentos, que los hay muy valederos de lado y lado, son sepultados por las campañas viscerales y sus aludes de insultos, descalificaciones y etiquetas: ¡guerreristas!, ¡castrochavistas!, ¡vendepatrias!, ¡paracos! Qué vergüenza ajena.
Como las campañas por el SI y por el NO tienen apellido (Santos y Uribe), los responsables de las mismas apelan a la animadversión que existe entre ambos y a la receta mágica de los culebrones: intrigas, traiciones, rencores, pasiones…, para ganar adeptos a sus causas. Sólo que en este caso no nos estamos jugando ningún rating pasajero; nos estamos jugando, en buena parte, el país que dejaremos a nuestros hijos. Por eso los odios y los amores entre éstos y aquéllos, no deben, no pueden, permear la libre decisión de los votantes.

Sin rabia, señores, que el país no les pertenece. (Qué mal ejemplo están dando y qué espectáculo tan lamentable el de señores tan principales sacándose al sol los trapitos).
Hay más de 40 millones de personas que no pueden escuchar lo fundamental por cuenta de su gritería.

No le teman al disenso, debatir no es polarizar. Polarizar es crispar y crispar es descalificar al contrario, aún antes de que la discusión comience. Peor, incluso, es aplicar las técnicas del matoneo para silenciar, hay dos ejemplos muy recientes: la intimidación de la que fue víctima el senador Antonio Navarro en Medellín, por parte de energúmenos promotores del NO, y la abucheada que se ganó el expresidente Uribe en la Universidad del Norte, por parte de energúmenos defensores del SI.
Y si a esa imposibilidad de manifestar dudas e inquietudes, no digamos ya a nivel político, sino de empresas, medios, universidades, corrillos callejeros, familias; si a esa imposibilidad, decía, se le suman el secretismo, las declaraciones contradictorias del gobierno, las especulaciones alarmistas de la oposición y la escasísima pedagogía de los puntos que dan sustento al plebiscito, pues, cuando llegue la fecha quedaremos deshojando margaritas (sí, no, sí, no, sí…) igual que en el Monólogo de Caballero en Semana, sin saber si el “sí” es que sí se debe votar o se deber votar que sí y el no, si no se debe votar o se debe votar que no.

ETCÉTERA: La cuestión es que sin saber cuál es el acuerdo final y cuándo se firma, cuál es la fecha del plebiscito y cuál es la pregunta que se va a formular, como perros rabiosos ya nos estamos mostrando los dientes. Qué esperanzas. Mejor cambiemos de tema.
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