Adriana Mejía Londoño
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Las afirmaciones de Caterine deben ser sustentadas, investigadas y aclaradas. Por el bien de los interesados y de los colombianos, que nos sentimos violentados porque amamos el deporte
/ Etcétera. Adriana Mejía
 
Para el día de hoy no tengo idea de si el rollo del abanderado de Colombia en los Olímpicos de Río se habrá desenrollado.
Ojalá.

Aunque, igual, ya el mal está hecho, la transparencia en la elección del mismo resultó más que empañada.
¿Por qué será que, en nuestra geografía, hasta las buenas noticias son siempre objeto de suspicacia?

La chispa que encendió la hoguera en este caso la aportó Caterine Ibargüen cuando, tres días antes de que el Comité Olímpico Colombiano diera a conocer –el miércoles de la semana pasada– el nombre del elegido para encabezar la delegación nacional en el desfile inaugural del próximo 5 de agosto, colgó en las redes sociales estas perlas:

“Gracias a todos por los votos a mi nombre para ser abanderada de nuestro país en Juegos Olímpicos 2016. Pero por motivo del monopolio, la política e injusticias que siempre vivimos no seré escogida como tal.” La razón es que Directv es uno de mis patrocinadores y los intereses de nuestro Comité son otros.

“Pero el compromiso es con mi país, no con esta minoría. Mis colores los representaré con mucho orgullo como siempre lo hago. Con injusticias no se construye paz”.

La mayoría de quienes leímos tales comentarios quedamos en babia.

¿De qué estaba hablando Caterine? ¿Conocía los resultados antes de que se hicieran públicos, incluso antes de que se cerraran las votaciones? ¿Hubo filtraciones en el proceso? ¿La estaba azuzando alguien –las malas lenguas dicen que su entrenador- para levantar un manto de duda sobre la persona elegida o sobre el mecanismo utilizado o sobre el patrocinio del concurso –Claro facilitó la plataforma tecnológica- o sobre la intención del COC o sobre la auditoría de Ernst & Young? ¿Sugiere que la elección estaba viciada desde el principio?

(Con o sin razón, a mi admiradísima atleta se le fueron las luces. Pudo ser otra la forma).
¿Fue una pataleta porque supo que no ganaría o tiene razón en sus denuncias?

De ser esto último, los responsables del olimpismo colombiano estarían faltando, como mínimo, a la filosofía de los juegos en materia grave. (Juego limpio, señores). Es tanto lo que hay de por medio en preparación, esfuerzos, credibilidad, honestidad, ilusiones, que las afirmaciones de Caterine no pueden pasar como simples anécdotas; deben ser sustentadas, investigadas y aclaradas. Por el bien de los interesados y de los colombianos, en general, que nos sentimos violentados con este tipo de especulaciones, porque amamos el deporte, así no lo practiquemos.

(Soy deportista frustrada. En el colegio intenté formar parte del equipo de basketball y las grandes no me dejaron por chiquita; en el de voleibol, y tampoco me dejaron por flaquita; y en de baseball, y tampoco, por gafufita. En golosa, catapiz y yoyo sí fui campeona. Pero qué, eso no era heroico ni me eximía de ir a clase, ni tenía barra ni uniforme. Menos mal la biblioteca estaba al lado del polideportivo, allí no me estorbaban las gafas que desde los cuatro años llegaron a mi vida, al mejor estilo de los amores de novela: de una vez y para siempre).

El caso es que las cifras son nítidas. Del total de 226.516 votos, 105.058 fueron para el gimnasta cucuteño Jossimar Calvo; 57.379 para la atleta Caterine Ibargüen y 41.979 para la bicicrosista Mariana Pajón. (¿Hasta qué punto es válida, o no, una votación nacional realizada sólo por usuarios de Claro?). Los otros cuatro eran: el pesista Óscar Figueroa; el ciclista Fernando Gaviria; la judoca Yuri Alvear y la luchadora Jackeline Rentería.

Si bien de los siete Caterine y Mariana son las más notorias, por triunfos y prensa, los siete nos hacen estirar nuca al resto de compatriotas. Cualquiera portaría la bandera con sobrados méritos en reemplazo de Jossimar.

ETCÉTERA: Ah, es que me faltaba la cereza del pastel. El ganador no podrá desfilar porque compite al otro día, lo sabían los miembros del COC antes de poner a ondear la bandera de la discordia. Qué oso tan perezoso este.
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