Héctor Escobar Restrepo
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La finitud de la existencia humana es lo que hace posible darle significado. Si viviéramos por toda la eternidad y no existiera la certeza del fin, tal vez no habría lugar a la noción de significado de la vida
/ Héctor Escobar Restrepo

El valor del hombre reside en que tiene sus días contados. Si su tiempo fuera infinito los días carecerían de importancia. Y la vida misma. Esta vale porque transcurre, porque pasa. Queremos la vida porque se nos va: es amor y desasosiego al mismo tiempo.
El ser humano siempre está inacabado, siempre en proceso, naciendo y muriendo cada día. La posibilidad de dignificar su condición, de construir su propia humanidad, es lo que da sentido a su existencia.

Aunque no seamos conscientes, cada uno de nosotros carga con toda la historia de la humanidad. No solo somos un ser social, somos un ser histórico, que es otra manera de decir lo mismo. Sin embargo, la sola historia no nos define: el ser humano decide diariamente quien ser, aunque se deje a la deriva, porque esto también sería producto de su libertad. Somos libres aun sin quererlo. Es parte de nuestra naturaleza. Y en esto radica la diferencia.

No podríamos hablar del sentido de la vida de un árbol o de un pez. Ni siquiera del de seres que estén bien cerca de nosotros en la escala evolutiva. Porque a diferencia del ser humano, no disponen ellos de los medios para construirse como individuos, para ser, como cada uno de los hombres, únicos en su especie, irrepetibles. No tienen la libertad de hacerse.

Como la libertad no es un absoluto - se puede ser más o menos libre -, el ser humano debe ir haciéndola. Construir su humanidad mediante la construcción de la libertad es la tarea del hombre. Y es ese el profundo sentido del humanismo.

Y ¿cuál es el papel de la educación? Cuando se centra exclusivamente en preparar al individuo para que ejerza una función económica, se le deja a merced del Poder, a disposición de todos los poderes que gravitan en la vida social. Y puede quedar la persona actuando en modo zombi. Su escala de valores, lo que la mueve, lo que le importa, sus esperanzas y frustraciones, sus sueños y sus desvelos, no los construye en libertad, le llegan desde fuera, le son impuestos. De manera abierta y burda como en Corea del Norte, o de una forma más inteligente y sutil como en Norteamérica, por ejemplo. Diseñar un sistema educativo que empobrezca la condición humana es realmente sencillo, basta alejar a la persona de todo lo que significa cultivar su espíritu.

La construcción de la libertad comienza por el “conócete a ti mismo” de los griegos. Y parte de esto es aprender a mirarnos desde lejos, en el espacio y en el tiempo. Ser conscientes de que no nacimos ayer, que nacimos con el primer hombre en las sabanas africanas y que ha habido y hay muchas formas de ser un ser humano. Entender también que somos producto de una época: que el espíritu de nuestro tiempo y de nuestra tierra lo llevamos dentro, y que lo actuamos a diario. Interiorizar la historia, conversar a través de sus obras con los hombres que nos antecedieron, nos permitirá ampliar la mirada, vernos críticamente como individuos y como sociedad; entender las razones ocultas que subyacen a nuestra forma de vivir y aproximarnos a una definición de lo que queremos ser. Esa es la importancia del humanismo.
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