Francisco Luis Valderrama A.
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Puede ser difícil aceptar la elegibilidad política de grupos irregulares, pero el propósito final vale la pena, máxime si hemos permitido un Congreso con aliados de otros grupos violentos a los que incluso se pidió votar mientras no estuvieran en la cárcel
/ Francisco Luis Valderrama A.

La mayoría de los ciudadanos somos amantes de la paz. El próximo plebiscito no es una pelea de buenos contra malos sino un debate sobre lecturas diferentes de la realidad nacional. No existe una forma única de interpretar el país.

Paz es convivencia digna de ideas diferentes, no ausencia de conflictos. Las opiniones divergentes son fuente de crecimiento social y de riqueza democrática. Nuestra sociedad tiene que construirse desde la diversidad y la pluralidad. La medida de la solidez de unas ideas la da el lenguaje que se utiliza para defenderlas y el respeto por las ideas diferentes. Por ahí empieza la paz.

La posibilidad de desarmar un grupo irregular no puede conducir a una polarización tan extrema. No podemos caer tan bajo por cuenta de la intolerancia. El plebiscito es una oportunidad de dirimir diferencias en el terreno de la democracia y no una excusa para incendiar el país.

Existe un razonable consenso de estar frente a un mal gobierno. Pero es que no hemos tenido buenos gobiernos en Colombia. Si así fuera no seríamos una sociedad excluyente, inequitativa, permeada por la corrupción, incapaz de ser justa. “La riqueza no es inocente de la pobreza” decía un pensador latinoamericano.

Miente quien dice que el sí significa la paz. Tan solo es un punto de partida para comenzar a construirla. Ese inicio no se puede retrasar más. La existencia de grupos irregulares ha sido la excusa para no reconocer nuestros verdaderos problemas. La eliminación física del contrario no hará desaparecer la violencia porque el problema está en otra parte.

Enfrentar y solucionar las necesidades que tenemos como país causa pánico a quienes necesitan enemigos para esconder detrás de ellos sus miedos y su incapacidad para aceptar una sociedad más tolerante y equilibrada.

Votar no tampoco prefigura la paz. ¿Cuántos desplazados más, cuánta más sangre queremos derramar, para finalmente llegar al mismo punto donde hoy estamos, sentados en una mesa tratando de encontrar salidas?

Algunas reflexiones ante las inquietudes de tantas personas honorables que descreen de las FARC. Este no es un pacto de impunidad: la vigilancia de la Corte Penal Internacional, la participación de la ONU, de la Iglesia, de la comunidad internacional, no lo van a permitir. Aun el Frente Nacional, mediante el cual partidos políticos que ensangrentaron a Colombia gobernaron como si nada hubiera pasado, excluyendo opciones diferentes, tuvo la virtud de contribuir a la cesación del enfrentamiento entre ambos partidos. De otro lado, acaba de denunciar el Fiscal General que el 99% de los delitos queda impune en Colombia. Esa dolorosa realidad no preocupa tanto como la presunta impunidad del adversario político que desnuda nuestras llagas como sociedad.

Las normas acordadas en La Habana estipulan condenas y privación de la libertad. Seguramente no serán del gusto de todos, pero se trata de aplicar la mejor justicia posible a quienes aceptan someterse a reglas de juego que por siempre han combatido. De lo contrario habría que derrotarlos militarmente y para ello tendría que continuar la guerra. O sea, hacer lo mismo que hemos hecho desde siempre.
Puede ser difícil aceptar la elegibilidad política de grupos irregulares, pero el propósito final vale la pena, máxime si hemos permitido un Congreso con aliados de otros grupos violentos a los que incluso se pidió votar mientras no estuvieran en la cárcel.

Todos conocemos personas honorables que defienden una u otra posición. Un buen punto de partida es votar pensando que el país del día después sea vivible, que no nos sigamos matando por cuenta de odios personales de otros o de elites que defienden sus privilegios. No le hagamos el juego a esa forma mezquina de hacer política. No permitamos que retome vigencia la consigna de hacer invivible la República

Siempre existirá una minoría que sabe que engaña y necesita enemigos para tener vigencia política. Una franja lunática que considera la guerra un mal menor frente a la posibilidad de convivencia con ideas que la aterran o con opositores que aceptan rectificar la manera de defenderlas. Ante ella no hay argumentos posibles. Simplemente debatir con altura y respetar la decisión ciudadana sin agendas ocultas. El voto será siempre nuestra mejor arma para avalar, castigar o rechazar.

Algún día esa minoría tendrá que pedir perdón por polarizar, por dividir, por convocar desde el miedo, desde la mentira, desde la calumnia. Grave que sean esos los resortes que se deban mover para lograr un propósito político. Tal vez sea bueno ver motivaciones altruistas y no perversidad en la posición del otro.
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