Cartas de Los lectores
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Con ocasión de la columna Hay que salvar la Orquesta Filarmónica, publicada por Alfonso Arias Bernal en Vivir en El Poblado, la Directora Ejecutiva de la Orquesta Sinfónica EAFIT suma una reflexión sobre la necesidad de gestos definitivos de apoyo a la música sinfónica. “Bastante aporta a la cultura de la comunidad”, dice.

Por / Hilda María Olaya E.

(Lea Hay que salvar la Orquesta Filarmónica. Por Alfonso Arias Bernal)

En Medellín, una ciudad con más de 4 millones de habitantes, solo existen dos orquestas sinfónicas con características de ser Profesionales, de acuerdo con el criterio del Ministerio de Cultura de Colombia. Estas orquestas son la Sinfónica EAFIT, creada desde la Universidad del mismo nombre, y la Filarmónica de Medellín, fundada por Alberto Correa Cadavid, quien la sostuvo durante muchos años, aún con sus propios recursos.

Tanto una como la otra, se han formado con grandes esfuerzos económicos y musicales al contratar músicos nacionales y extranjeros, quienes pasan por el filtro de una rigurosa audición y tienen en las orquestas su medio para ejercer su profesión y obtener su subsistencia.

Gracias a estos esfuerzos, el público de Medellín ha podido acceder a conciertos con invitados de gran trayectoria, así como a montajes de importante factura del repertorio universal, a la vez que se ha dado a conocer la nueva música sinfónica colombiana difundiendo las obras de los compositores contemporáneos.

La existencia y la permanencia de estas orquestas dependen del apoyo estatal en gran medida, que en verdad no es suficiente para cubrir las necesidades.

Por otra parte, la empresa privada no tiene entre sus cometidos primordiales la inversión en cultura, a pesar de que los dirigentes de las mismas conocen este género de música y tienen consciencia de los efectos de este tipo de manifestaciones en la gente. Desde la responsabilidad social empresarial, bien puede incentivarse el disfrute de la música sinfónica a la vez que se aporta a la conservación de las orquestas.

Desde el gobierno se ha venido programando desde hace muchos años, la creación de escuelas de música con el argumento de que quien coge un instrumento no cogerá un arma. La verdad es que este proyecto ha producido efectos importantes en las ciudades en las que se han desarrollado estas iniciativas: la fundación nacional Batuta y la Red de Escuelas de Música, son ejemplos valiosísimos de esta iniciativa. Pero surge entonces la pregunta: ¿En dónde van a ejercer estos muchachos cuando sean profesionales de la música ya que han escogido esta disciplina como camino de vida profesional?

No es claro el panorama de creación de orquestas que responda al proyecto orquestal mediante el cual se genera un estilo de vida para muchos jóvenes que encuentran en la música el futuro para el desarrollo de su talento y un medio de subsistencia.

Algo parecido sucede con los cantantes. No existe en la ciudad ningún escenario en el que estos artistas tengan trabajo. ¿Por qué no se constituye por ejemplo un coro profesional que pueda asumir los montajes de obras para este formato y que además, se ocupe de viajar por los municipios dando a conocer este género?

La Universidad EAFIT, por su parte, con la creación de la Escuela de Música, así como con la fundación de la Orquesta Profesional, ha proveído a la ciudad de muchos músicos que en la actualidad conforman el acervo de las orquestas, tanto de la Filarmónica de Medellín, como de la Academia Filarmónica en la que practican muchos de los estudiantes de EAFIT.

Durante los 16 años de vida, la sinfónica EAFIT ha dado a conocer al público de Medellín obras que no habían sido mostradas antes, así como grandes conciertos sinfónico-corales, que demuestran su profesionalismo y aporte al nivel artístico de la ciudad.

Desde las orquestas profesionales de la ciudad, hacemos un llamado a los entes oficiales, del orden nacional, departamental y municipal para que tengan gestos definitivos en el apoyo a la música sinfónica que bastante aporta a la cultura de la comunidad.

La idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista. [...] Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad.
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