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- Viernes, 16 Febrero 2007
- Super User
Día de mudanza | ||
No inicie la labor de embalaje con los juguetes de sus hijos | ||
Entre las modalidades de la locura, sin duda una de las más brutales y espeluznantes es la obsesión de estar mudándose de casa. Dicen que Beethoven lo hizo casi setenta veces durante su vida, y lo dramático que eso se antoja explica, mucho más que la sordera que lo afectó desde los 32 años, la genialidad demente de sus sinfonías. Al otro lado de los casos extremos, el caracol de los refranes lleva su única casa a todos lados, exento de la condena de empacar sus trebejos. | ||
Las tareas que implica un trasteo no son propiamente fascinantes, y con toda probabilidad nadie que mire desde fuera sentirá envidia por no estarlas ejecutando. Empezando por los abstractos sentimientos encontrados de quien se duele de dejar la casa en que sus hijos caminaron -el tema ya ha sido consagrado en los comerciales televisivos-, en que tuvo que despedirse de su padre moribundo o en que estuvo durmiendo algunos años de su vida: lo que se siente en tales casos es una opresión laríngea y pectoral que, hasta donde sé, solo la alivia un trago de aguapanela fría. Luego vienen los asuntos materiales y logísticos, no más sencillos, pues ante la inocencia de la casa desprevenida no se sabe por dónde comenzar a atacarla: a la larga puede ser un error fatal empacar primero los candelabros y la quincallería delicada, aunque también podría estar condenada al fracaso la estrategia de adelantar el desmonte de las camas. Ya ha tenido uno tiempo de escuchar la increíble y triste historia de quien, por no poder concertar los servicios del camión, se estuvo diez días con la ropa empacada o sin una coca donde servirse la sopa que, por ausencia de ollas, tampoco pudo hacer. Un consejo nacido de la propia experiencia, buen amigo: no inicie la labor de embalaje con los juguetes de sus hijos; ello sería tanto o más estúpido que comenzar guardando los bombillos o envolviendo la escoba. | ||






