JUAN PABLO TETTAY
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Una compra responsable, además de apoyar a los productores locales, también le dice no a la guerra, le dice sí a un campesino que escogió cultivar café, caña o frutas en vez de coca o marihuana
/ Juan Pablo Tettay

Palmitos del Putumayo, pimienta negra de Urabá, cacao de Córdoba, panela del Cauca, duraznos del Huila, mora de Santander, frutas de Nariño, aguacate de Caldas, miel de El Bagre, pesca de Necoclí, huevos de Caquetá, coco de Tumaco… productos de origen colombiano que tienen algo en común: el sabor de la paz.

Hace poco llegó a mis manos un libro llamado Cocina y Paz, recetas de cocina con productos de desarrollo alternativo para la paz, editado por Prosperidad Social y el Programa de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC). Y es que, desde la cocina, desde lo que nos comemos en el día a día es posible también construir paz. ¿Qué tal si cada vez que usamos un ingrediente nos preguntamos de dónde viene? Hace algunos años visité cultivos cafeteros en El Retiro. Cada uno de los agricultores que cultivan el grano comparten la misma historia: regresaron a sus tierras después de haber sido desplazados por la violencia.

Pese a lo que muchos dicen, a pesar de los que se empeñan en ponerle un apellido a la paz y otro a la guerra, hay cosas que en el país se están haciendo bien hechas. Y el libro del que hablo es evidencia de un trabajo consciente que le apuesta al desarrollo alternativo, a la renovación del campo, a la inversión en organizaciones comunitarias y a darles oportunidades a personas que en medio del conflicto armado eligieron la agricultura como su emprendimiento personal.

Nuestros supermercados están llenos de vegetales importados, ajos de China, pescado de Vietnam… Pero, ¿por qué no preguntarnos por el origen de aquellos frutos orgánicos o de aquel pescado fresco que se entrega como pesca artesanal? Una compra responsable, además de apoyar a los productores locales, también le dice no a la guerra, le dice sí a un campesino que escogió cultivar café, caña o frutas en vez de coca o marihuana.

Cocinemos la paz, reivindiquemos los productos locales, apoyemos a los campesinos, reconozcamos la diversidad del país y la gran despensa que tenemos. Decirles sí a los productos de desarrollo alternativo también es una forma de creer que podemos trabajar por un mejor país, que podemos vivir en una Colombia con ganas de salir adelante, orgullosa de su presente y de su futuro. Conozcamos y reconozcamos esos sabores, esos colores y esas texturas que reflejan paisajes, montañas, ríos, mares y lagos, que reflejan la voluntad de millones (ojalá) de vivir en una realidad en la que la guerra es historia y en la que tenemos un libro en blanco para llenar de nuevas recetas.

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