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El estado de conservación de la casa, construida a fines del siglo 19 y ubicada en el pueblo San Francisco de Paula, es tan impecable, que uno podría preguntarse cuándo es que llega Hemingway para el almuerzo
/ Álvaro Navarro

No teníamos programado salir de La Habana en nuestra visita a Cuba, pero un día el señor que llevaba y traía a mi esposa a la bienal, y que indirectamente hacía de guía de turismo, le preguntó: “¿Y no tienen previsto ir a conocer la casa de Hemingway? No dejen de hacerlo, les va a encantar”. Finalmente acordamos con él hacer la visita un día, al final de la mañana.

Finca Vigía, nombre de la casa, está localizada a unos 12 kilómetros del centro de la ciudad. A los pocos meses de llegar Hemingway a vivir en Cuba, su tercera esposa (Martha Gellhorn) arrendó la finca con el fin de salir del Hotel Ambos Mundos, donde residían.

La finca, que luego adquirieron en 1940, está en una colina en una zona rural del pueblo San Francisco de Paula y tiene un poco más de seis hectáreas, donde los mangos y los flamboyanes hacen una fuerte presencia, compitiendo con la casa y demás construcciones que conforman el museo. La principal característica es que la casa (construida a fines del siglo 19) hay que visitarla desde afuera mirándola a través de los amplios ventanales que la circundan.

Esta se conserva intacta desde los años sesenta del siglo pasado, con los muebles, libros, revistas, publicaciones y elementos dejados por Hemingway y su esposa Mary Welsh, con quien se había casado en marzo de 1946. El estado de conservación es tan impecable, que uno podría preguntarse cuándo es que llega Hemingway para el almuerzo. A través de un gran ventanal se puede ver una mesa larga, lista para servir a tres personas: en un lado están los dos puestos que utilizaban Hemingway y Mary y frente a ellos, del otro lado de la mesa, el puesto para el invitado.

La visita puede extenderse a la zona de la gran piscina, el cementerio de sus perros y sus gatos favoritos y el hermoso bote Pilar, construido íntegramente en madera y que era el que escritor utilizaba para sus grandes y famosas excursiones de pesca. A la entrada de la finca hay un pequeño campo de béisbol, hecho por Hemingway para jugar con los niños de San Francisco.

A unos pocos kilómetros de la casa, en Cojímar -pueblo de pescadores- está localizada La Terraza de Cojímar, una casa de esquina de altos techos que desde 1925 alberga un restaurante, conocido desde 1940 como La Terraza. Por su estratégica ubicación frente al mar, fue el favorito del escritor. Dice la leyenda que allí encontró y conoció a Anselmo Hernández, el viejo pescador descrito en la novela El Viejo y el Mar.

No más cruzar la puerta, el visitante se encuentra con una barra larga de madera en la que rápidamente tendrá servido un Daiquiri o un Don Gregorio, hechos con base al ron Havana Club tres años. Detrás de ella, estanterías de madera oscura que alojan los mejores rones del país, en frente un corredor largo con algunas mesas y que desemboca al fondo con un gran salón, ordenado impecablemente y que ventanea sobre el mar. El sitio es ideal para disfrutar un coctel hecho con camarones frescos, un buen pescado frito acompañado con tajadas de plátano maduro, o una muy buena paella marinera, platos estrellas del restaurante, acompañados de deliciosos mojitos.

Un buen almuerzo, historias de pesca y de Hemingway completaron las horas del medio día. Cuando empezó a soplar la refrescante brisa, regresamos a La Habana, donde hicimos una parada en el mítico Sloppy Joe’s bar, que desde 1917 está sirviendo los mejores tragos de la ciudad. Es un local señorial de gran ambientación, donde ordenamos una ronda del extraordinario Ron Santiago 11 años, antes de regresar a nuestro hotel y empacar nuestras maletas para el día siguiente abordar el avión que nos regresaría a casa.
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