ÁLVARO NAVARRO MESA
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Recuerdo a mis tías hablando de las maravillas que representaba la llegada de las “ollas atómicas” a las cocinas, porque permitían bajar el tiempo de cocción de la ración diaria de frisoles
/ Álvaro Navarro

En la primera parte del siglo pasado, Antioquia en general y Medellín en particular tuvieron un desarrollo económico muy importante, tal como lo dicen analistas calificados del desarrollo económico del país. En general referencia al establecimiento de las empresas textiles, la creación de pequeñas y medianas industrias, el fortalecimiento de la minería, pero, sobre todo, a los efectos que causó en la economía el incremento de la producción de café en el país y las pequeñas fincas que democratizaron la propiedad de la tierra en el Suroeste antioqueño y en el viejo Caldas.

Que yo sepa, nadie ha llamado la atención sobre los efectos que para la familia y la sociedad en general trajo la revolución que describe el título de esta columna.

Los años cincuenta estuvieron influenciados por la terminación de la Segunda Guerra Mundial y de la guerra de Corea. La Segunda Guerra terminó en 1945 con el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón con la destrucción de las ciudades de Hiroshima y de Nagasaki, cambiando los parámetros de las guerras tradicionales y abriendo la era nuclear, signada en esos años por la presencia de las bombas atómicas como elementos disuasivos.

Dicha guerra llegó popularmente a Antioquia con la llegada de las “ollas atómicas”, mal llamadas también “ollas a presión”. Yo con mis años recuerdo a mis tías hablando de las maravillas que representaba la llegada de las ollas atómicas a las cocinas, porque permitían bajar el tiempo de cocción de la ración diaria de frisoles desde varias horas a unas dos. Les liberaba tiempo para rezar el rosario, atender las obligaciones religiosas y todas las demás costumbres de esos años.

Estas ollas -en esos tiempos- trajeron ideas o historias divertidas cuando la gente decía: “Ay, imagínate que a Fulanita le estalló la olla a presión y se le regaron los frisoles por toda la cocina”. En realidad lo que había sucedido era que Fulanita no había limpiado bien los conductos de escape de la válvula de la olla.

Poco a poco la gente aprendió a manejarlas y hoy son usadas ampliamente, no solo para hacer los frisoles sino también para cocinar en menos tiempo el maíz remojado para las arepas, las carnes duras como el muchacho o la tabla, los pollos, o el plátano verde, o aquellas comidas que requieren largos tiempos de cocción por los sistemas tradicionales.

También hasta la mitad del siglo pasado era común utilizar en Antioquia el pilón para procesar el maíz para hacer la mazamorra y las arepas, pero las aplicaciones industriales trajeron otro milagro, la máquina de moler, que ya no hizo necesario remojar el maíz por varios días, sino por una noche.

Imagínese, amigo lector, la cantidad de horas ganadas para compartir la mesa, fortaleciendo las relaciones familiares y liberando a la mujer de largas horas de trabajo en la cocina. Representó la oportunidad de plantearse un futuro más amplio en términos de estudios, conocimientos, logros y posición en la sociedad.

Estos dos elementos –la olla de presión y la máquina de moler– creo yo que revolucionaron profundamente las costumbres tradicionales de la cocina de nuestra tierra.

Nota: los datos históricos utilizados para escribir este artículo provienen de Landers, rey de la olla de presión, publicado en El Colombiano el 26 de julio de 2013, de información suministrada gentilmente por Molinos Victoria, y de investigación personal realizada por el autor.
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Buenos Aires, diciembre de 2015.
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