ÁLVARO MOLINA VILLEGAS
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El 28 de diciembre del 2011 a las 2 de la tarde literalmente me morí, creo que, como dijo el informe médico, por un estado de alteración de los nervios o una rabia indescriptible
/ Álvaro Molina

El día que me morí andaba cobrando cuentas con dos y tres meses de atraso. La primera etapa de mi negocio era sensacional, yo pasaba rico, tenía una clientela única, los comensales se relajaban felices comiendo a puerta cerrada y yo podía tener control total sobre todo, ya que tan solo mercaba para los clientes que reservaban; un negocio soñado para cualquier cocinero.

Sin embargo, no existe la felicidad completa pues fiaba… uno de los únicos restaurantes en el mundo donde usted no pagaba y se daba el lujo de pedir que le mandaran la cuenta. Al principio todo funcionó más o menos bien ya que gran parte de las cuentas eran delicadamente procesadas por los comensales del mercado corporativo y la plata se me transfería oportunamente. Pero con el paso del tiempo empezaron a tramitarse muchas cuentas en las tesorerías de las compañías y fui víctima del vía crucis por el que pasa la gente cuando los pagos quedan en manos de los mandos medios, felices atrasándolos, haciendo puntos con los accionistas mientras juegan con la plata de la gente que les sirve. Eso sí, todo hay que decirlo, así como los hay muy indelicados, para muchos pagar es sagrado. Para mí se volvió un tema inmanejable, tanto que al día de hoy, varios que no olvido, nunca me pagaron y me cansé de las disculpas. Cuenticas que son menuda para las grandes empresas quedaban empapeladas y tras varios meses empezaba el drama por el que pasa mucha gente que necesita la plata para el colegio del niño o pagar los servicios.

A continuación reproduzco el dramatizado del cobrador:
–Señorita, la llamaba para averiguar por un pago. –“Con gusto lo comunico”. Tras varios intentos fallidos contestaba la llamada un funcionario, como educado por los taxistas bogotanos: –“Tesorería, buenas tardes”. –Por favor, llamaba para averiguar por una cuenta que ya lleva tres meses. –“Llame el viernes de 8 a 10”, y colgaba.

El viernes a las 8 en punto empezaba a llamar y perdía el tiempo durante varias horas, pues se pasaban las 10 y por llamar tarde ya no atendían. Varios viernes después, cuando la cuenta llevaba más de cuatro meses me comunicaba y me informaban que mi pago no estaba programado por no estar inscrito como proveedor.

–“Debe traer el rut, la cámara de comercio y llenar el formulario para inscribirse”. –¡Pero yo ya llevé el rut y la cámara! –“Sí, pero ya no sirven, debe traerlos actualizados y reclamar el formulario”.

Un mes más tarde tenía nuevamente la documentación y había llenado el formulario para inscribirme como proveedor, más difícil de responder que un examen de física cuántica. Tras hacer una fila de media mañana se me informaba que ahora sí el pago iba a ser tramitado, que podía llamar en unos 15 a 30 días para averiguar por el cheque. Tras varios procesos parecidos, finalmente el 28 de diciembre del 2011 a las 2 de la tarde literalmente me morí, creo que, como dijo el informe médico, por un estado de alteración de los nervios o una rabia indescriptible.

En fin, me resucitaron entre una médica que es un puro ángel, un sabio Dr. genio con nombre ruso y la fuerza que hizo mi hijo Miguel de dos años, quien siempre aseguró que “mi papi se va a despertar, ¿cierto?”.
Tras un viaje inexplicable por las estrellas, que nunca podré saber si fue por la cantidad de droga o el trance al más allá, renací con la firme intención de seguir dedicado a lo que más me gusta: cocinar, pero nunca volver a fiar. Ya me morí una vez y fue suficiente. El que fiaba se murió.

Este cuento, que parece de Ripley, es para insistirles a los colegas que parte vital de este negocio y de la cultura gastronómica tan anhelada es educar a los clientes para que aprendan a cumplir con sus obligaciones. Al igual que en el resto del mundo, el catering se debe cobrar con un 75 por ciento de anticipo, 15 días antes, y el 25 por ciento restante, al menos dos días previos a los eventos. Las cuentas de los restaurantes, de estricto contado, por supuesto. Debemos aprender a decir que no. Hoy no fio, mañana sí. No vale la pena morirse de la pena, de la rabia, de hacer fuerza o de la indignación por no cobrar como debe ser. Espero sus comentarios en Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
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